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miércoles, 19 de noviembre de 2014

En defensa de los adolescentes



LOS PSICÓLOGOS conocen muy bien el fenómeno de las self-fulfilling prophecies, las profecías que se cumplen por el hecho de enunciarlas. Si digo a alguien con la suficiente constancia que es un inútil, posiblemente acabará siéndolo. En educación hablamos del efecto Pygmalión: las expectativas que tenemos sobre los alumnos influye decisivamente en los resultados de esos alumnos. Durante decenios se ha hablado de la crisis de la adolescencia, de la inevitabilidad de las conductas irresponsables, de la falta de madurez de los adolescentes y estos se han convencido de que eso es lo que esperamos de ellos. Y nos obedecen. Con ello se granjean una mala prensa. Abundan libros apocalípticos del estilo de ¡Socorro! ¡Tengo un hijo adolescente!, Mi adolescente me vuelve loco, Esos adolescentes que nos dan miedo, La vida desordenada, Manual para padres desesperados con hijos adolescentes o No mate a su hijo adolescente. Uno de los libro mas completos en español sobre adolescencia lleva como subtítulo Riesgos, problemas y trastornos. En una encuesta española sobre la opinión que tienen sobre los adolescentes madres, padres, educadores y personas mayores, la adolescencia se relaciona con promiscuidad, nocturnidad, malas relaciones familiares, drogodependencia, conductas antisociales. ¡Qué reputación! Para colmo de males, casi siempre que los adolescentes aparecen en los medios de comunicación es en relación con alguna situación problemática. Michel Fize piensa que «repetir tanto que la adolescencia es un problema induce en los jóvenes una actitud que viene a corroborar la imagen que se les envía».

Sin embargo, según el informe La Juventud en España, los adolescentes están mayoritariamente satisfechos con su vida. El nivel de satisfacción (una media de 7'6 en una escala de 1 a 10) se sitúa por encima de la media europea (7'3). Otras encuestas indican que la familia es el valor más importante para chicos y chicas y que, por regla general, la convivencia es buena. La concesión del premio Nobel de la Paz a una adolescente -Malala, la niña que estuvo a punto de morir por querer ir a la escuela- indica hasta qué punto estamos infravalorando la responsabilidad, la capacidad, el talento de los adolescentes. Los mejores expertos en esta edad nos lo están diciendo. Robert Epstein acaba de publicar un libro -Teen 2.0- acusando a los adultos de estar «infantilizando» a los adolescentes. Bernard Stiegler nos reprocha que les hayamos empujado a un consumismo feroz. William Damon, director del monumental Handbook of Child Psychology, de la editorial Wyler, afirma que al rebajar nuestras expectativas hacia ellos les estamos condenando a la mediocridad. Mihály Csíkszentmihályi habla de sus potencialidades en Talented Teenagers. Todos ellos creen que debemos cambiar nuestro modo de interpretar la adolescencia. Los adolescentes son mucho más capaces de lo que pensamos.

La neurología ha venido a confirmar esta nueva idea de la adolescencia. Ha descubierto que el cerebro adolescente sufre un profundo rediseño, que convierte esta edad en un período fundamental para el aprendizaje. Aumenta su eficiencia y rapidez, integra múltiples funciones, se desarrollan los lóbulos frontales, que son los órganos de la planificación y la decisión, se reconfiguran las sinapsis. Como dice una neuróloga especializada en el tema, Linda Spears, «es tal vez la última gran oportunidad para costumizar el propio cerebro», es decir, para diseñarlo de acuerdo a nuestros planes. Los neurocientíficos especializados -como Sarah-Jaynes Blakemore- insisten en que muchas de las conductas que atribuimos a la adolescencia no tienen su causa en la llamada «invasión hormonal», en lo que Spears llama «el mito de la furia hormonal», sino en la profunda remodelación del cerebro. El niño había aprendido a conducir un ciclomotor y se encuentra al volante de un Ferrari: su cerebro. Y un motor de tanta potencia es admirable, pero exige aprender a conducir de nuevo.

Durante décadas hemos estado diciendo que la gran época del aprendizaje era la primera infancia. «Los tres primeros años duran toda la vida», decía un lema que hizo fortuna. Ahora ya sabemos que esto no es así. Aprendemos durante toda la vida. Sin embargo, hay dos épocas de especial «sensibilidad cerebral para el aprendizaje»: la infancia temprana y la adolescencia. Estamos cuidando la primera, porque el mensaje ha calado en la sociedad. Por desgracia, no ha sucedido lo mismo con la segunda. De tanto insistir en lo problemático de la adolescencia, no hemos explotado su formidable capacidad. Por eso he emprendido una campaña en defensa del talento adolescente. Es el momento en que las personas desarrollan sus grandes capacidades de actuar, que ejercerán durante el resto de su vida. Es la edad en que aprendemos a tomar decisiones y, de hecho, tomamos algunas que influirán en toda nuestra vida. Debemos aprovechar esta irrepetible oportunidad educativa, que ahora estamos despilfarrando. El talento no está antes, sino después de la educación, y si tomamos en serio que durante la adolescencia se desarrolla el talento, maltrataríamos a nuestros jóvenes si no la cuidáramos. Y no lo estamos haciendo. La adolescencia se ha ampliado en nuestra cultura para evitar que los niños entraran demasiado precozmente en el mundo del trabajo. Esa ampliación tenía un motivo estrictamente educativo. Sin embargo, una vez tomada tan justa decisión no sabemos como educarlos.

El viejo paradigma de la adolescencia está cambiando. Tanto UNICEF como el Banco Mundial han advertido que la educación de la adolescencia es la que asegura el progreso. Acabo de hacer una revisión sobre nuevos métodos de educación positiva de los adolescentes para el Centro Reina Sofía para la Adolescencia, y en la Universidad de Padres los hemos puesto en práctica. La pedagogía adolescente es diferente a la pedagogía infantil. Podemos dirigir el aprendizaje del niño, pero tenemos que conseguir que el adolescente tome las riendas de su aprendizaje, se haga cargo de los mandos. ¡Pero si eso es lo que nos está pidiendo a todas horas! La búsqueda de la propia identidad, la necesidad de independencia, la negociación con la propia infancia, el establecimiento de nuevas relaciones familiares, no son sino manifestaciones del cambio neuronal del que les he hablado. También lo es la asunción de responsabilidades, cosa que nos resulta difícil de comprender.

Y LA PRIMERA responsabilidad es la de definir su personalidad. Carol Dweck, de la Universidad de Stanford, recomienda explicarles el nuevo paradigma -más exigente pero más optimista- a los adolescentes. Hacerles conscientes de que es la época en que pueden ampliar sus posibilidades. Saber que pueden mejorar su inteligencia, gestionar mejor sus sentimientos, cambiar aspectos de su personalidad, produce en los alumnos una productiva euforia. Su ansia de libertad se concreta entonces en liberarse de limitaciones y miedos personales injustificados. Martin Seligman, Angela Duckworth y Cyril Feurstein proponen programas sectoriales que podemos aprovechar. Es conveniente también contarles las historias de adolescentes que han hecho cosas importantes, y que no son niños prodigio, sino niños que han aprovechado la energía de su edad, y han sabido desarrollar una pasión. Malala, la pasión de aprender. Richard Branson, el fundador de Virgin, la pasión de emprender. Lauda Dekker, la navegante que dio la vuelta al mundo en solitario a los 14 años, la pasión por navegar. Susan Polgar, la pasión del ajedrez, y en muchos niños y jóvenes la pasión solidaria que los llevó a fundar minúsculas ONG, que después triunfaron.

Espero que esta nueva idea de la adolescencia, más vigorosa, exigente y optimista, penetre en nuestro sistema educativo, que vive horas de impotencia ante esa edad. De lo contrario, estaremos perjudicando a nuestros adolescentes. Mientras llega ese momento, se la cuento a ustedes, para que nos ayuden a cambiar el modelo. Pueden encontrar más información en www.universidaddepadres.es.


José Antonio Marina es filósofo.


martes, 29 de mayo de 2012

Jornada reivindicativa en Quijorna por la Educación Pública

En Quijorna muchas personas hemos apostado siempre por la educación de nuestros hijos en la escuela publica. Por ello, les hemos llevado al colegio de nuestro pueblo, sin dejarnos seducir por el brillo de otras opciones privadas, concertadas, bilingües que otros municipios ofertaban. 

Siempre hemos estado muy contentos con la educación que recibían. Por eso, deseamos que sigan recibiendo una buena educación con la misma calidad de siempre. Con los recortes ya aprobados por el gobierno, el deterioro va ser evidente: aumentará el número de alumnos de aula, se recortarán las becas, no se cubrirán adecuadamente las bajas de profesores, se limitará a la atención a la diversidad, los desdobles etc. 

Preocupados por esta situación, un grupo de madres y padres del pueblo participamos activamente en la huelga y movilizaciones del pasado 22 de mayo a favor de la Educación Pública.

A las 9:30, nos concentramos delante del C.E.I.P. donde realizamos una asamblea informativa y participativa.

En ella, se decidió, como forma de protesta contra los recortes en la Educación, vestirnos de verde todos los viernes que quedan de curso. Para invitar a esta iniciativa al resto de la comunidad educativa se realizó una pancarta.



También decidimos volver a concentrarnos a por la tarde delante del colegio. 

Con varias pancartas y carteles realizados muchos por las niñas y niños, nos reunimos de nuevo ante el cole a la hora de la salida, a las 16:30, y desde ahí, fuimos juntos a la manifestación de Madrid.




Los VIERNES, por la educación pública, TODOS DE VERDE. 


miércoles, 21 de marzo de 2012

LA “BUENA” EDUCACIÓN.




En 1996, el entonces presidente de la UNESCO, Federico Mayor Zaragoza, encargó a un equipo internacional presidido por Jacques Delors un estudio sobre los retos de la educación en el siglo XXI.

El estudio, conocido desde entonces como “El informe Delors” planteaba las bases sobre las que debía asentarse la educación del futuro:
  • Aprender a ser.
  • Aprender a aprender.
  • Aprender a hacer.
  • Aprender a convivir.

Creo que es hora de cuestionarse si vamos en la buena dirección.  De cara a la galería parecería  que sí pero,  ¿Realmente lo estamos haciendo? ¿Hemos cambiado nuestra concepción de la enseñanza  tradicional? Realmente no lo creo. Y no sólo eso. Pienso además que estamos caminando peligrosamente en dirección contraria. ¿Por qué?  Vamos a analizarlo un poco.

La actual  (y tradicional) concepción  de la enseñanza,  considera lo siguiente:
  • Que el profesorado tiene el conocimiento y lo trasmite a los alumnos.
  • Que dicho conocimiento se encuentra en los libros de texto elaborados por expertos.
  • Que los alumnos y alumnas son receptores y reproductores de dichos conocimientos.
  • Que aprender es únicamente la capacidad de aceptar la información y dar la respuesta correcta.

Finalmente,  la Administración controla  que los centros cumplan con los preceptos marcados por la OCDE, que contrasta los saberes de los países industrializados, comprobando sus datos.

En todo este proceso, la reflexión, la comunicación, la creatividad y la crítica quedan deliberadamente excluidas. La pasividad es la norma. Posiblemente sea porque un estudiante pasivo sea en el futuro  un ciudadano pasivo. 
Sin embargo, el Currículo Oficial, tanto en Primaria, como en secundaria tiene como Objetivos Generales:

En Primaria: “ b/ Desarrollar hábitos de trabajo individual y de equipo, de esfuerzo y responsabilidad en el estudio, así como actitudes de confianza en sí mismo, sentido crítico, iniciativa personal, curiosidad, interés y creatividad en el aprendizaje.”

En Secundaria:  “g/ Desarrollar el espíritu emprendedor y la confianza en sí mismo, la participación, el sentido crítico e iniciativa personal, y la capacidad para aprender a aprender, para planificar, para tomar decisiones y para asumir sus responsabilidades, valorando el esfuerzo con la finalidad de superar dificultades.”

Se supone que los alumnos, tanto en Primaria, como en Secundaria, deberían haber desarrollado, como parte de su formación integral, dichas actitudes, sin embargo algo falla, a pesar de los esfuerzos que en muchos momentos se ha hecho por potenciar esta parte de la educación, cuando observamos la realidad: En las reuniones de padres, en las  evaluaciones, en las tutorías,  oímos hablar de esfuerzo, hábitos de estudio, exámenes y resultados, pero jamás de sentido crítico, iniciativa, confianza....

La democracia, la participación, la iniciativa, no se aprenden en los libros de texto, se aprenden ejercitándolas y usándolas desde pequeños. La libertad, la paz, la tolerancia no dejan de ser meras palabras que se repiten en todos los actos, si no enseñamos realmente, desde la acción, a creerlas y usarlas.  Y en este asunto somos responsables todos.

¿Y por qué pienso que actualmente vamos precisamente en la dirección contraria? Por varias razones:
  • Cada vez con mayor fuerza se está poniendo el énfasis en los resultados.
  • Se intenta transformar la Escuela,  siguiendo el más rígido de los patrones tecnocráticos,  en una empresa que elabora productos acabados (los estudiantes) que repiten los saberes estandarizados, reflejados en diferentes pruebas de control.
  • Se mide la eficacia de las Escuelas mediante dichos resultados.
  • Se intenta que el profesorado aplique el mismo conocimiento, de igual manera, y a todos por igual, minusvalorando su papel como pedagogo que adapta el currículum a la realidad de su aula.
  • Dicha minusvaloración da lugar a un mayor número de horas docentes y unas aulas sobresaturadas ya que, según esta concepción, el maestro  debe convertirse en un eficaz trasmisor de conocimientos, en un “técnico de su parcela de conocimiento”, evitando una mayor interrelación con los alumnos y con otros docentes.

¿Será este ciudadano capaz de “aprender a  ser, aprender a hacer, aprender a aprender y aprender a convivir”? ¿Será capaz de actuar e influir en el mundo? ¿ O seguirá siendo ajeno a lo que ocurre a su alrededor?

Nuestra responsabilidad, como padres, como profesores, como ciudadanos,  es plantearnos qué tipo de escuela queremos. El saber importa, pero la forma en cómo se trasmite más aún. El conocimiento importa, pero las actitudes ante el conocimiento más aún.


“ Una ciudadanía participativa, activa y responsable no puede ser el producto de la eficacia técnica. Es necesaria la intención y la apuesta pedagógica de relacionar el conocimiento, la imaginación y la posibilidad de mejorar las cosas frente a la inacción. La pedagogía así entendida va más allá de una lectura pasiva, mercantilista y tecnicista de la realidad,  aparentemente neutral y despolitizada pero que, sin embargo, adoctrina en el conformismo frente al “capitalismo extremo”, el individualismo, el consumismo y en la utilidad económica y tecnológica” (“ Pistas para cambiar la escuela”  2009 Intermón Oxfam )


Charo Jiménez


domingo, 8 de enero de 2012

Más calle para los niños, si es posible


          Existe una vieja metáfora, que relata que alguien, viendo el esfuerzo y dificultad de la mariposa para llegar al mundo como tal desde la crisálida, le ayudó en dicha tarea, facilitando dicho tránsito. Esto lo que provocó, más que una más sencilla evolución, fue una catástrofe para dicha mariposa, puesto que no cumplió con los tiempos y fases necesarios para evolucionar en su llegada al mundo, quedando indefensa para el futuro.


         En muchas ocasiones, en un afán sobreprotector, quizá estamos impidiendo la evolución natural de nuestros hijos e hijas, no dejando que se enfrenten a las realidades y evitándoles múltiples problemas que moldearían su desarrollo, y les harían estar más preparados para enfrentarse a sus propias decisiones.


       Desde la Asociación Cultural Cerro Andrinal de Quijorna, queremos proponeros la lectura de este artículo aparecido en "El País", que plasma estas circunstancias en las que sin duda, y con las mejores intenciones, todos hemos caído alguna vez.